Alice Kattalakis :: Regi Lyko Arcadio

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Alice Kattalakis :: Regi Lyko Arcadio

Mensaje por Alice el Miér Dic 26, 2012 1:51 pm

Nombre

Alice Hagipherione Kattalakis

Apodo

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Edad

521 Años

Edad Aparente

21 Años

Nacionalidad

Nació en alguna parte de Inglaterra

Género

Femenino

Sexualidad

Heterosexual

Raza

Were-Hunter Lykos > Centinela Arcadia > Aristi

Afiliación

Buena

Profesión

No tiene ninguna, pero ha hecho inversiones a lo largo de su vida para asegurar la adaptación de su hermano y ella en el mundo moderno.

Apariencia Humana

Imagen 1:

Apariencia de Lobo

Lobo Blanco:

Personalidad

La palabra para describir a Alice es “Bondad”; la rubia es extremadamente benevolente aun con sus enemigos, siendo incapaz de alzar su mano contra una persona débil o niños, por lo general contra nadie. Es del tipo de persona que perdonaría hasta al más vil si este o está estuviera realmente arrepentido o arrepentida, lo cual no es muy difícil de saber debido a una de sus habilidades. No obstante cualquier rastro de bondad en ella queda totalmente nulo si alguien se metiera con sus hermanos, a los cuales ama sobre por todas las cosas llegando al punto de dar su propia vida por salvar la de ellos; esto se refleja en lo sobre protectora que es con Zehennen.

Alice es totalmente transparente, cosa que en el pasado y en el presente le traen muchos problemas para con su manada y los demás arcadios; ya que como Loba Regi la mayoría espera que sea mucho más dura y menos flexible que lo que demuestra ser. Debido a esto no todas los Lykos Arcadios están de acuerdo con su estatus de Regi, por lo que colocaron precio a su cabeza pero aun así son pocos los valientes que se atreven a confrontarla debido a sus habilidades con la magia, el apoyo de su hermano y su prometido.

La de grandes ojos verdes es del tipo de personas que siempre poseen una sonrisa en sus labios, rodeándose de una aura de simpatía única. Alice es muy optimista, siempre viendo el lado positivo hasta de las peores situaciones y confiando en que todas las existencias tienen un lado bueno por el cual pueden ser “salvados” o por lo menos “ayudados”. A raíz de creer que todos son buenos, suele ignorar su don, dejándose arrastrar y presenciar lo bajo que pueden llegar a ser algunas personas. Muy pocas veces la hermosa loba se enoja, pero cuando sucede es mejor que no seas quien la hizo enfadar porque a ese ser le ira terriblemente mal.

Otro aspecto importante de la joven es que es muy sociable, ella parece tener un don natural para caer bien a los demás, quizás por ser una persona muy sincera y de poca malicia, reflejándose en su modo de actuar, en su delicada apariencia y en su melodiosa voz.

No todo en ella es bueno, tiene sus lados negativos como suele ser el de querer siempre ayudar cuando no quieren ser ayudados, puede llegar a ser muy intensa pero no es su culpa porque simplemente no va con su honestidad darse la vuelta y dejar a alguien morir. Como loba suele ser algo orgullosa aunque no tanto como su hermano.

La chica sufre de un miedo irracional contra los ratones, no los puede ver en imágenes, por televisión, en ningún lado porque siente la necesidad de salir corriendo o subirse en algo o alguien. También detesta que toquen su cabello, solo muy pocas personas tienen permitido hacerlo; es de las pocas veces que suele dejar que el animal en ella la domine, el ultimo estúpido que se atrevió a tocar su cabello termino sin la mano ya que la joven se la arranco de una mordida. Cabe destacar que Alice suele ser muy autocritica, siempre culpándose por lo malo que pase en su manada o con sus hermanos.


Historia


De todos los panteones aquel liderado por Zeus, el Dios del trueno, es el que más daño ha hecho a la humanidad, quienes los siguen admirando sin saber que los causantes de sus males provienen y provendrán de aquellas entrañas griegas. Infantiles, soberbios, estúpidos, débiles, miedosos tantos adjetivos se les podrían atribuir pero sin duda alguna el que mejor les quedaría seria aquel denominado “Crueles"; la crueldad aunada al arrebato convirtieron el mundo de los mortales en un lugar dónde cada día podría ser el último, dónde no todo es lo que parece, dónde existen criaturas que podrían hacer temblar hasta al más valiente de las deidades… pero sobre todo donde el desconsuelo habita en cada uno de los corazones de aquellos que han nacido bajo tal yugo. De tantas historias, esta es solo una de las muchas vidas que los griegos volvieron miserables… todo comenzó con la llegada del Allagi.

El día del Allagi, en ese instante una nueva raza se irguió; un momento en que la gente dejo de ser gente y los animales dejaron de ser animales. Ese día, fue el nacimiento de los Were-Hunters. El rey Lycaon de Arcadia, desato la furia de Los Destinos, al negarse a perder a sus dos hijos. Sin saberlo se había casado con una mujer Apolita, una raza maldecida por Apolo que morían horriblemente a la edad de 27 años. Él era un hechicero, y con su magia y determinación decidió ir en contra de la voluntad del destino. Así fue como después de muchos experimentos con animales y magia dio origen a los Were-Hunters. Para sus hijos, puso la mayor parte de su magia dotándolos de habilidades que superaban por creces a los otros por ello los unió a dos de los animales más fuertes: Un Dragón y un Lobo. El rey estaba orgulloso, de que ahora sus hijos vivirían mucho más que los humanos, y tendrían muchas más habilidades que cualquier otra raza; esto hizo molestar a Los Destinos quienes le exigieron que diera muerte a los engendros pero este se negó… por lo que Clotho proclamo “Nunca habrá paz entre tus hijos; Ellos pasarán la eternidad odiando y peleando hasta el día que no respiren más.”

Dos lados de una misma moneda, las dos especies deberían haber estado en paz. En cambio, las diosas enviaron la Discordia para plantar la desconfianza entre ellos. Los Arcadianos se sintieron superiores a sus primos animales. Después de todo, ellos eran la gente con la racionalidad humana, mientras los Katagaria eran sólo animales que podían tomar la forma humana. Los Katagaria aprendieron rápidamente que los Arcadianos no eran honestos sobre sus intenciones y que dirían una cosa, luego harían otra. A lo largo del tiempo, los dos grupos se han atacado el uno al otro mientras cada lado tomaba la razón moral como propia.


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El cielo nocturno se extendió poco a poco trayendo consigo a las beldades estrellas que resplandecían con euforia para captar las miradas de aquellos que estaban bajo ellas, y también para tomar protagonismo antes de que la más bella habitante del firmamento hiciera su aparición. Con el paso de los minutos aquel satélite atribuido a Artemisa se posiciono en lo más alto opacando con su extraordinaria magnificencia a sus pequeñas acompañantes. Esa noche la luna parecía brillar con mucha fuerza, como si tuviera la necesidad de ser, más que nunca, el centro de atención.

La luz de la luna alumbrada el sendero de aquellos que aún no se arropaban bajo los brazos del dios del sueño y sus hijos, aquellos maldecidos por Zeus y obligados a permanecer sin sentimientos, vagando por el mundo irreal de la somnolencia. La tranquilidad que albergaba aquella zona de la antigua, muy antigua, parte de Inglaterra solo podía tomarse como presagio de que algo muy malo estaba a punto de suceder, ya que los Dioses nunca dejan que los “marcados” disfruten de la paz.

Cerca de un riachuelo, un hombre de rubia cabellera, recogía agua; su expresión de preocupación aunada a la forma tan territorial que emanaba por cada poro de su cuerpo hizo que ningún animal, que ni siquiera el viento, se atreviera acercarse a él. Luego de llenar su vasija de todo el agua que pudo, desapareció como por arte de magia… cómo si su sola estancia ahí fuese sido una ilusión.

Pocos segundos después apareció en la entrada de una cueva, una cueva ubicada en medio de la nada, entre acantilados y de difícil acceso. Su mirada viajo por cada centímetro desde su frente hasta su posterior para asegurarse de que nadie lo fuese seguido. Él había sido marcado por los Arcadios Centinelas para ser ejecutado años después de pasar la pubertad. Se trababa de un Katagari Lykos, hijo del regi de los de su rama lo que lo convertía en un lobo peligroso sin contar sus habilidades para con la magia. Alistar, así le llamaron su madre y padre al momento de nacer; había matado a cientos, no, a miles de Arcadios que se atrevieron a cruzarse en su camino; de todos los Katagari él era el que más odiaba a sus primos los apestosos con corazones humanos pero un día todo cambio…

Con pasos alargados, y hasta veloces, franqueo la entrada de la cueva; su corazón latía vertiginosamente, estaba preocupado pero todo se esfumo cuando vio a aquella hermosa mujer de largos cabellos negros que, con la tenue luz de la fogata, parecían verse de tono morado. Ella le sonrió dulcemente haciendo que olvidara todo.

- Has regresado muy pronto… - comento sin dejar de sonreírle; para cuando su voz termino de salir de sus labios, ya Alistar se encontraba a su lado.

- Para mí ha sido todo lo contrario – le respondiendo mientras dejaba la vasija en el suelo y la ayudaba a sentarse – He traído el agua, bébela – le recomendó, levantando el recipiente hasta los labios de su amada que no dudo en beberse casi todo el líquido que contenía - ¿Y que no tenias sed? Creo My Lady que me ha mentido… - le hablo mostrando una sonrisa traviesa.

- ¡Oh, no! No he sido yo… - dijo ella intentando parecer indignada – Eran ellos quienes han de pronto exigido agua – pronuncio llevando ambas manos a su abultado vientre.

- Entonces tenemos a varios caprichosos por aquí – sonrió llevando sus labios al vientre de su amada esposa para luego besarlo; ahí dentro descansaban sus hijos, sus pequeños cachorros que pronto llegarían a ese mundo.

Alistar se quedo cerca de la mujer, cobijándola con sus brazos y dando calor así a su familia. Habían estado huyendo por varios años, pero al quedar su esposa preñada tuvieron que disminuir sus movimientos haciéndolos vulnerables a aquellos que los estaban cazando. Él sabía que debía ser cuidadoso porque si bajaba su guardia aunque fuera un segundo “Ellos” los encontrarían y todo estaría acabado. Su padre jamás le perdonaría el haberse emparentado con una Arcadia y muchos menos con la Arcadia hija de la Regi de los de su rama en el Omegrión; esa mujer era mala, pero Lahel… Lahel era todo lo contrario a lo que él había conocido, ella era una loba dulce, muy diferente a las Lobas Katagari con las que pasaba el rato en su manada y fuera de esta.

Se conocieron por error cuando se cruzaron en un pueblo humano por comida, desde ese entonces él no pudo sacársela de la cabeza… y ella tampoco a él. Con el paso de los meses, y contra todo pronóstico se hizo amigo de la Loba Arcadia; ambos se llevaban bien, era como si hubiesen nacido para estar el uno con el otro pero eso era ridículo ya que era imposible; y más aun imposible siendo sus padres los Regis de su raza. Sin darse cuenta un día cedieron a la tentación, o mejor dicho dieron rienda suelta al amor que se sentían… poco después y como una cruel jugada de los Destinos, quedaron emparejados. Lo que causo que ambas manadas los persiguieran para matarlos por haberse atrevido a ligarse, sobretodo la Arcadia. Resultaba curioso, pero ni al padre de Alistar ni a la madre de Lahel le importo el hecho de que sus dos hijos estuvieran emparentados, que estuvieran destinado; solo deseaban ver muerto al que consideraban “traidor”.

Consumido por el cansancio, Alistar cayo dormido volviendo inmediatamente a su forma natural, la de lobo, un hermoso lobo blanco. Lahel busco una mejor manera de apoyarse de su esposo, su suave pelaje le daba la calidez que ella nunca sintió en su manada… en momentos como ese deseaba haber cambiado en la pubertad a Katagari, así el estar con Alistar no sería tan terrible ni penado por sus compañeros.

De pronto un fuerte dolor recorrió su vientre, jamás había sentido algo así; trato de respirar para intentar controlarlo pero el dolor era más fuerte que ella haciéndola soltar un fuerte gemido causando que Alistar se levantara abruptamente fijando sus orbes verdosos sobre su esposa y la expresión adolorida de esta.

- Vienen… los… cachorros – comento Lahel tomando su vientre; ese dolor solo podía significar eso… sus hijos querían nacer. Alistar rápidamente cambio de forma, y luego hizo destellar ropa sobre su cuerpo y varias mantas para ayudar a su esposa a estar más cómoda mientras tenia a sus bebes.

Las contracciones fueron dando paso a pequeños bebes lobos y humanos; en total habían cuatro fuera del vientre, dos de ellos Katagaris y dos Arcadios. Alistar nunca había atendido un parto, estaba nervioso pero al ver a sus pequeños cachorros la felicidad lo inundo dándose cuenta que a pesar de todo lo que Lahel y él habían pasado aun podían ser muy felices con sus hijos; no necesitaban de una manada… estarían bien mientras estuvieran juntos. Solo faltaban dos más por salir, él el despiadado asesino Katagari tendría seis hermosos cachorros… era para no creerlo.

Antes de sacar a su quinto hijo, un olor conocido penetro sus fosas nasales haciendo que su piel se erizara y maldijeran a las brujas del Destino. Se trataba de parte de la manada de su esposa liderados por su suegrita; los habían encontrado y ese era el peor momento para ser hallados. Lahel también olfateo a su madre, sabía que ella no iba a dejar a Alistar ni a los cachorros, que habían nacido como lobos, vivir.

- Alistar… - susurro Lahel con mucha preocupación, en su estado ella no podía hacer nada ni para ayudar a Alistar ni a sus pequeños hijos.

- No te preocupes me encargare… tu continua con el parto – le dijo levantándose rápidamente para acercarse a ella y depositar un suave beso en su mejilla – No dejare que nada les pase… aunque tenga que dar mi vida para ello – musito para luego destellar hacia la entrada de la cueva, dónde estaban los Arcadios esperándolos.


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Al aparecer, lo primero que vio fueron los orbes azules llenos de odio y de más profundo asco de su suegra. ¿Cómo esa mujer podía ser tan mala? No lo entendía pero si algo sabía bien era que no dejaría que pusiera sus apestosas manos encima de su Lahel y sus cachorros.

- Lárguese… - dije en forma de gruñido Alistar cómo si se encontrase en su forma de lobo.

- ¿Te atreves a gruñirme a sabiendas que estás muerto? Al parecer no solo tienes corazón de animal sino el cerebro de uno… - dijo con tanta soberbia que Alistar quería saltarle al cuello y arrancárselo de una sola mordida – Mátenlo… que no quede nada de él – dijo la mujer haciendo que todos los Arcadios Centinelas que había traído con ella saltaran sobre él.

Alistar peleo con todas sus fuerzas, no le importo estar en clara desventaja no se dejaría ganar, no podía darse el lujo de perder porque no solo su vida estaba en juego sino la de su amada familia. Sin poder evitarlo la madre de Lahel entro a la cueva, Alistar destello a lobo tratando de quitarse a todos los enemigos de encima para poder correr al lado de su esposa pero no pudo...


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Agatha camino con determinación hasta llegar a dónde su primogénita estaba dando a luz a los engendros; ella fuera sido muy feliz si esos cachorros fueran de un emparejamiento Arcadio-Arcadio pero no, su hija, su estúpida hija tuvo que encapricharse con un repugnante Katagari; solo por eso ella ya no era su hija… solo por eso merecía la muerte.

- Madre… vete… por… favor… déjanos… tranquilos – suplico Lahel mientras en su cara el dolor del parto era visible, ella estaba tan indefensa que no podía ni levantarse para cuidar a sus cachorros y mucho menos para sacar a los dos que aun seguían dentro de su vientre.

- No vuelvas a llamarme madre, ¡Ya no eres mi hija! – le grito al tiempo que su vista caía sobre los cuatro bebes que estaban cerca de Lahel - ¿Cómo te atreves a dar a luz a Katagaris? Eres una vergüenza, Lahel… - le recrimino con todo el rencor que en ese instante la dominaba.

- Madre… - susurro Lahel mientras su trabajo de parto continuaba, no podía detenerse… si lo hacía sus cachorros, los que aun seguían dentro de su vientre podían morir.

- ¡Detente ya! – grito enfurecida Agatha para destellar y aparecer al lado de su hija, luego y sin darle oportunidad de reaccionar puso con todas sus fuerzas su pie derecho sobre el vientre de Lahel, provocando que un fuerte grito dejara los labios de la misma – Deja de avergonzarme, deja de traer a esos malditos katagaris a este mundo… - pronuncio y con cada palabra pisaba más y más fuerte aquella parte del cuerpo de su hija acabando con la vida de dos inocentes cachorros.

- ¡Madreeee! – grito Lahel entre lagrimas tomando el tobillo de su progenitora para evitar que siguiera pisando su vientre pero era tarde, ella pudo sentir como sus dos cachorros habían muerto dentro de ella - ¡Eres un monstruo, madre! – escupió tratando de ponerse de pie, ahora debía proteger a los que habían nacido aunque no estuviera en las condiciones para hacerlo.

- ¿Monstruo? No me hagas reír, los únicos monstruos asquerosos aquí son tu esposo Katagari y tus engendros katagaris – escupió despertando la ira en Lahel que por primera vez en toda su vida se lanzo contra su madre con las más claras ganas de matarla, era la única forma de salvar a sus cachorros y a Alistar. Lamentablemente su estado era delicado por lo que Agatha pudo evitarla sin mucho esfuerzo y además propinándole un golpe que la hizo caer de rodillas ante ella - ¿Qué demonios te hizo ese bastardo, no entiendo Lahel? – le exigió tomándola por el cabello y jalándoselo con tanta fuerza que sintió como algunos mechones se quedaban en sus manos.

- Aunque te lo explicara jamás lo entenderías… porque estas podrida por dentro, nunca entenderás lo que significa realmente el amor o estar emparejada con alguien al que amas más que a tu propia vida… - musito sintiendo como la sangre dejaba su cuerpo por la zona por donde sus cachorros habían salido.

- ¿Amor? No seas ridícula, nos emparejamos para tener más de nosotros para no extinguirnos… por no seguir esa simple línea ahora tu vida se esta apagando y pronto la de tus cachorros – dijo soltándola y pasando a su lado hacia donde los bebes y los lobitos lloraban; Agatha hizo destellar una daga en su mano, ella no iba a permitir que esos engendros vivieran… los mataría, por lo menos a los que habían nacido como lobos.

Lahel supo en el instante en que su madre había soltado su cabello, que antes de asesinarla mataría a sus cachorros frente a ella. Sacando fuerzas de dónde no tenia se levanto y se lanzo sobre Agatha; ambas forcejearon pero al final su madre tenía en ese momento más fuerza por lo que termino clavando el arma justo en el corazón de su hija.

- Madre… - murmuro Lahel cayendo, otra vez, sobre sus rodillas mientras su mirada veía horrorizada como la daga de su madre descansada sobre su corazón, ella quien le dio la vida ahora se la quitaba… era de muchas formas irónico – Por favor madre… no mates a mis hijos… te lo suplico – dijo con su último suspiro al tiempo que las lágrimas volvían a invadir su hermoso rostro…


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Alistar había vencido a la mayoría, ningún Arcadio ningún centinela tocaría a su familia… él no lo permitiría. Se lanzo sin pensarlo contra el más cercano atacando directamente su garganta y dándole una muerte rápida, al acabar gruño a los que quedaban. Como el animal que era podía sentir el miedo que recorría a sus rivales, los arcadios por alguna razón siempre habían sido cobardes y esa noche se lo demostraban más que nunca, la única excepción era su amada Lahel y sus pequeños hijos; por ellos debía apurarse y matarlos a todos… Agatha sería capaz de matarlos si él no llegaba pronto a socorrerlos.

De pronto sintió un profundo dolor en su corazón, como si alguien fuese clavado algo realmente filoso sobre él; al bajar su mirada para comprobar si alguno de sus contrincantes había utilizado algún sucio truco se dio cuenta que no había nada, nada que pudiese causarla tal dolor fue entonces cuando su respiración empezó a entrecortarse y supo que estaba muriendo, no por haber sido herido en la batalla sino porque su amada esposa había sido asesinada por su propia madre.

Con un fuerte aullido, que reflejaba todo su dolor y frustración destello rápidamente dentro de la cueva para encontrarse con la imagen de Lahel tirada en el suelo con una daga en el pecho y su madre viéndola morir sin hacer nada para intentar salvarla. Fuera saltado sobre la bastarda de su suegra y hacerla pagar por tal acto pero no tenía tiempo, solo pensaba en llegar al lado de su amada y morir a su lado.

- Alistar… lo… lo siento… - musito llevando sus manos al hocico de su marido, llenando su pelaje blanco de sangre luego sus ojos se cerraron y sus manos cayeron hasta chocar con el piso.

Alistar soltó otro fuerte aullido, que retumbo por toda la cueva dejando un eco tan triste como aterrador. Pocos segundos después él también cayó muerto al lado de ella, sin poder hacer nada más por sus cachorros. Agatha aún no podía creer lo que sus ojos veían; su hija había muerto y Alistar también, lo que significaba que los dos estúpidos unieron sus vidas. En ese momento se dio cuenta que sus dos hijas eran realmente inútiles, no sabían hacer nada bien; Lahel unida a un Katagari y ahora muerta y Lacie sumergida en su luto por la muerte de su pareja años atrás.

- Se lo merecen por tratar de ir en contra del destino – escupió deshaciéndose de toda culpa que pudiese haberla invadido, su verdad era absoluta ellos tarde o temprano terminarían así por ir contra las reglas, por ir contra su naturaleza. Ahora solo quedaba una cosa y era matar a los cachorros para terminar con todo ese show.

Agatha se acerco hasta donde los bebes chillaban; pudo ver el hermoso pelaje de uno de los lobitos, era tan negro como la noche exactamente igual al de Lahel. Hizo destellar una sabana donde tomo a los dos que eran humanos, no había razón para matarlos ya que eran Arcadios y no Katagaris, pero a los dos lobos si los asesinaría; ella como Regi Arcadia no podía dejar que los Katagaris siguieran aumentando su número, eran una amenaza y debían ser exterminados. Levanto su pie, los desagradables lobos morirían aplastados como sus dos hermanos que no lograron salir del vientre.

- No te atrevas a hacerlo, Agatha – una profunda voz recorrió toda la cueva, haciendo que la mujer se congelara del miedo; ella no tenia que voltear para saber a quién pertenecía tan escalofriante esencia – Quedándote con los que nacieron como humanos, y matar a los que nacieron como animales… cuando creo que no puedes ser más baja y traicionera… lo eres – la superioridad que mostraba su tono hizo enojar a la mujer haciéndola voltear para encontrarse con aquel animal.

- ¡Cállate! Si fueras sido tu el que llegara antes, harías lo mismo pero con los que nacieron como hombres… - se defendió alzando su barbilla en forma de soberbia – Lo hecho, hecho esta… no tengo nada más que hacer aquí… - sentencio desapareciendo de la cueva con ambos cachorros Arcadios.

El hombre, que se veía exactamente igual a Alistar, se acerco a donde el cuerpo de este yacía muerto. A diferencia de Agatha él si sentía la muerte de su hijo. Jamás quiso que terminara así pero ya no había nada que hacer. Ahora solo quedaban sus cachorros Katagaris, y él se encargaría de cuidar de sus nietos. Calixto hizo destellar el cuerpo de su hijo y el de Lahel para enterrarlos apropiadamente luego se acerco donde los dos pequeños lobitos chillaban, cómo si supiesen la perdida que ese día habían tenido. Los tomó por el pellejo, y destello con ellos hacia el lugar dónde su manada se localizaba…

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Lacie se encontraba en su habitación, sentada en un gran sillón que estaba justamente enfrente de una ventana que dejaba ver el horizonte, la lejana tierra que se extendía del campamento dónde su gente vivía. Todo estaba tan tranquilo desde que su madre salió en la búsqueda de su hermana Lahel; al pensar en ella su corazón se entristeció, Agatha nunca la dejaría volver y mucho menos vivir después de haberse emparejado con un Kattagari. Lacie cerró sus orbes, recordando la hermosa cabellera negra de su hermana y su enorme sonrisa cuando le conto que se escaparía con el amor de su vida. Ella titubeo pero como podría detenerla, luego de haber amado a su esposo y perderlo por jugarretas del destino; no, ella debía devolverla la sonrisa a su hermana y desearle la mayor de las suertes en ese sendero tormentoso en el cual se estaba encaminando.

De pronto la puerta de su habitación se abrió estrepitosamente dando paso a su madre; aquel cabello rojizo como el mismo fuego, como la pegajosa sangre ondeaba al tiempo que clavaba su mirada en ella. Lacie escucho el sollozo de dos bebes, los podía oler, y hasta veía el bulto en los brazos de su madre. Por un momento su garganta se achico, pensando lo peor; y más aun cuando el hedor del líquido carmesí de su hermana penetro por su olfato hasta chocar contra su cerebro. Esos niños eran hijos de Lahel, no necesitaba que su madre lo dijera… ella ya lo sabía.

- Estos bastardos son los hijos de tu hermana, tu los cuidaras pero trata de no encariñarte con ellos, quien sabe en su pubertad sigan el asqueroso camino de su padre convirtiéndose en Kattagaris – gruño la última palabra y lanzo a los dos bebes en la cama de Lacie, al instante sus sollozos se hicieron más fuerte.

- ¿Dónde está Lahel? – pregunto temblorosa, sin moverse de su sillón, podía palpar la furia de su madre, lo último que deseaba era volverse el centro de atención de la misma en el estado en que se encontraba, si eso sucedía seguramente lo lamentaría por meses y quizás hasta por años.

- En el infierno, pagando por su crimen – dijo la mujer destellando fuera de la habitación, haciendo que automáticamente Lacie se sintiera menos insegura.

La noticia que acababa de darle su madre era devastadora y más por la forma en que la mujer que las dio a luz se lo comento. A veces Lacie se preguntaba si su madre en vez de corazón tenía un hoyo negro, porque eso explicaría su forma tan despiadada de ser… quizás ni los kattagaria serían tan viles.

El llanto de los dos bebes la sacaron de sus meditaciones, haciéndola ir tan pronto como pudo a la cama, justo donde su madre había lanzando el bulto de sabanas dónde estaban sus sobrinos. Entonces cayó en cuenta de algo muy importante, si eran sus sobrinos significaba que Lahel y Alistar habían sido emparejados, y que quizás hubieran más niños pero si no estaban ahí significaba que nacieron como lobos, y lo más seguro era que Agatha los fuera asesinado; ante la sola imagen de su madre matando a sus propios nietos la piel de Lacie se espeluco.

Con cuidado retiro las mantas que cubrían a los pequeñines descubriendo a dos hermosos bebes, y lo que más la maravillo es que eran una niña y un niño. Ella nunca pudo tener hijos, y siempre había soñado con tener una hembrita y un varoncito y ahora como si el destino le recompensara todas sus miserias le enviaban lo que siempre anhelo, sin embargo había pagado un alto precio: la vida de su hermana.

- Hola pequeñita – le dijo a la niña mientras la tomaba en brazos para intentar calmar su llanto, al verla de tan cerca se dio cuenta que sus rasgos eran muy similares a los de Alistar: cabello rubio, grandes ojos verdosos sin duda alguna ella le recordaría a Agatha al hombre que se había llevado a su hija favorita, por un instante sintió pena por la bebe a la cual le esperaba una vida llena de desencantos.

Lacie dejo a la niña en la cama y tomo al varón, sus fracciones le recordaban a Lahel y sobretodo su cabello oscuro aunque también tenía el aire de misterio que siempre le inspiraba Alistar. Usando su magia hizo aparecer ropitas a ambos bebes, para pensar como los llamaría. Le resultaba difícil colocarles un lindo nombre; de la nada llego a su cabeza el nombre para el niño: Zehennen Anstanx Kattalakis; su significado iba completamente unido a lo que le sugestionaba mientras con la niña fue un poco más difícil, vacilo en ponerle Lahel pero su madre seguramente no consentiría tal nombre por lo que la llamo Alice Hagipherione Kattalakis.


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La vida siguió su curso, los años pasaron mientras Zehennen y Alice crecían con los cuidados amorosos de su tía Lacie sin embargo cada vez que se cruzaban con Agatha ella los trataba como basura y hasta los golpeaba; pero a los dos niños no les importaba ya que se tenían el uno al otro.

Unos días antes de que Alice llegara a la pubertad su tía Lacie, le había contando lo sucedido con sus padres; solo se lo conto a ella ya que sabiendo el temperamento de Zehennen la noticia podría causar que el joven hiciera una locura. La oji-verde no podía creer que Agatha fuese capaz de semejantes actos, pero su tía nunca mentía y era lo que más le gustaba de ella. Lo que más conmovió a la niña, es que allá afuera tenía dos hermanos más, y ella como la mayor debía protegerlos pero siendo aun tan pequeña no podría hacer gran cosa.

"Debes tener cuidado, si Zehennen o tu cambian en la pubertad, Agatha los matara. La he oído poner a centinelas a vigilarlos"

Le había advertido Lacie, sabía que su tía nunca se metería si Agatha decidía asesinarlos esa era la única cosa que odiaba de ella, que fuese tan cobarde pero no la culpaba la abuela daba miedo, mucho miedo sin embargo ellos no siempre serían niños y más tarde que temprano llegaría el momento en que la pelirroja pagara por sus crímenes.

Meses después, Zehennen y Alice pasaron por la pubertad y por suerte ninguno cambio a Kattagari… pero Alice si había cambiado, en su cara aparecieron las marcas que correspondían a los Centinelas. Este acontecimiento hizo que sus poderes crecieran, y demostrara aun más el gran talento natural que poseía, dándole el estatus de Aristi.

Poco después, un grupo de Arcadios Cantilenas donde se encontraba Alice, se les asigno la misión de cazar a varios Kattagaris que habían estado causando problemas a su manada. Los centinelas eran más hábiles con la magia por lo que los animales cayeron uno tras otro pero Alice no movió ningún musculo, estaba sorprendida por la forma en los que su raza impartían lo que denominaban “Justicia”, una justicia que la mujer no veía en sus acciones; estaba tan asqueada que salió corriendo, siendo seguida por uno de los lobos kattagaris que intento matarla pero ella se defendió y aunque tuvo la oportunidad de matarlo lo dejo ir. Cuando llego a su aldea, Agatha la recibió con una bofetada; dándole un sermón humillante frente a toda la villa.

"¡No había nada de justicia en sus actos!"

Fue lo único que respondió la pelidorada, ganándose el reproche de todos los arcadios y otra cachetada de su abuela materna. Ese día se juro que no iba a permitir que nadie inocente sufriera o muriera por la codicia, por los prejuicios de otros.


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El tiempo volvió a transcurrir, y justo cuando Alice tenía 405 años, un evento desencadeno su futuro. La joven regresaba de una cacería con su hermano, Zehennen, cuando se encontró con la aldea alborotada y vio el espectáculo que Agatha presentaba. La anciana había capturado a tres Kattagaris, uno de ellos un joven cachorro que no pasaba de los 30 años. Los tenia encadenados en el centro del campamento, y estaban golpeados como si todos los que pasaran por su alrededor les fuesen lanzado cualquier objeto hiriente.

- Estos animales… han sido los que mataron a Marie y Jon, por lo que ahora les cobraremos nuestra deuda… torturándolos hasta la muerte – dijo a viva voz Agatha, mientras Alice asimilaba horrorizada sus palabras. De pronto la mirada del más joven se cruzo con la suya, pudiendo ver como este suplicaba ayuda… como él tenía miedo.

- ¡No! – su suave voz se dejo escuchar, ella no iba a permitir que una injusticia se llevará a cabo. Todos voltearon para verla avanzar entre la multitud hasta dónde estaba Agatha y los tres prisioneros - ¿Cómo es posible que estos tres lobos sean causante de esas muertes? – le pregunto – Marie y Jon murieron a manos de otros Kattagaris, en ese grupo no habían cachorros como este chico – señalo al más joven – Ningunos de ellos tiene el aroma de las víctimas… - pauso como dudando lo próximo que iba a salir de sus labios – Los lobos que los asesinaron, aparecieron muertos; lo único que quieres, abuela, es matar a estos Kattagaris por el simple hecho de ser Kattagaris; ¿Dónde hay justicia en eso? – concluyo ganándose una mirada desaprobatoria de Agatha; sin darle tiempo que refutar hizo desaparecer las atadura de los prisioneros - ¡Desaparezcan! – les proyecto y estos al instante destellaron lejos de ahí.

- ¡Qué demonio has hecho! – grito la pelirroja acercándose a Alice y luego propinándole una bofetada.

- Lo justo, Abuela. Tal vez no conozca el significado real de la palabra – le respondió fijando sus orbes en los de la anciana.

- ¡Eres una atrevida! ¿Acaso no sabes cuál es tu lugar? – le reprocho tratando de darle otra bofetada pero Alice la tomo por el brazo.

- Si, lo conozco muy bien… y es hora de que lo tome también – pronuncio suavemente mientras apretaba el brazo de la mujer – Todos estos años has abusado de tu poder, de aquel titulo de Regi que posees… pero la verdad es que solo te ocultas tras los demás; no puedes seguir matando a todos aquellos que sean diferentes a ti por el simple hecho de serlo – soltó el brazo de su abuela – Lárgate, vete lejos, y trata de vivir tus últimos días en paz… - concluyo esperando a que Agatha se fuese.

- No me hagas reír mocosa, tú no decides nada; esta es mi manada. ¡Atrápenla! Es una traidora – grito volteando a ver a la multitud, nadie movió ni un solo pelo, lo que incrementaba la ira en Agatha.

- Nadie te escucha ya, Abuela; has hecho a la manada vivir en guerra con otros desde siempre, ninguno de nosotros deseamos peleas… solo queremos vivir tranquilos, y es lo que haremos. Vete ahora… - le sugirió, ella sabía que aunque varios miembros de la manada les gustara la manera sanguinaria de Agatha, nadie se atrevería a levantar una mano contra ella, no desde que se había convertido en Aristi y menos a sabiendas de que Zehennem estaba ahí.

Alice se dio media vuelta para dirigirse por donde había llegado, estaba confiada de que Agatha destellaría en cualquier momento para irse, era cobarde y aunque su orgullo estaba herido no era más importante que su vida, o eso pensó la chica. De pronto vio a su hermano pasar vertiginosamente a su lado al tiempo que se transformaba en lobo, cuando volteo vio como tenía el cuello de Agatha entre su hocico.

La pelirroja intento atacarla por detrás, si Zehennem no fuese sido tan rápido seguramente el cuello en la boca de un lobo sería el de Alice. Ella cerró sus orbes y negó con su cabeza, no podría creer que Agatha fuese tan vil como para atacarla por la espalda. Cuando abrió sus ojos vio en los de su hermano la única solución, debía matar a Agatha por más que no quisiera ensuciarse las manos de sangre.

- Agatha Kattalakis – pronuncio Alice mientras se acercaba a la nombrada que estaba en el suelo con Zehennem, en forma de lobo, encima de ella – Tus crímenes son múltiples, y mereces morir, pero no depende de mí, ni de mi hermano impartir la justicia – se agacho junto a ella al tiempo que acariciaba a su fraterno – Se que deseas arrancarle el cuello, Zeh, pero… no vale la pena mancharte con su sangre – le dedico una sonrisa, toco a Agatha y ambas desaparecieron..


__________________________________________________


La manada tenían su campamento en la Antigua Inglaterra, a ellos siempre les gustó vivir en el pasado, pero ahora Alice se había tele-trasportado a un lugar en el futuro, lo cual no era difícil porque como Aristi ella no estaba sujeta a la luna para ir y venir por el tiempo. Llegaron a una sala enorme, con una gran mesa y un trono. Agatha se llevo la mano al cuello, que aunque había sido perforado por los colmillos de Zehennem ninguno toco nada vital.

Antes de que pudiese decir algo, un hombre alto, mojado y con cara de pocos amigos entro al salón. Dedico una mirada a Agatha y luego poso sus orbes violáceos sobre Alice, quien por instinto bajo la mirada; él era mortal, su solo presencia causo que el lobo en ella quisiera salir corriendo.

- ¡Savitar! – dijo Agatha, levantándose – Esta mujer ha traicionado a la manada, y me ha atacado, a mi su Regi… Espero hagas justicia… - pronuncio como si ella fuese la víctima en vez de la victimaria.

- Y que tienes que decir… Alice ¿Levantaste tus colmillos contra tu Regi? – dijo el sujeto, haciendo que a la rubia le recorriera un escalofrío. Cuando alzo su mirada de nuevo, se dio cuenta que el dios la estaba viendo con una tal in-expresión que temió por su vida.

- Sí, señor… - mintió, ella solo había detenido su bofetada quien en realidad le causo las mordeduras había sido su hermano pero jamás pondría la vida de él en peligro – Pero en defensa propia, Agatha me ataco primero. Savitar, la manada esta cansada de vivir luchando con todos los demás solo deseamos tranquilidad, y la sed de sangre, odio y venganza que posee Agatha solo nos hace daño… si no la fuese traído aquí para que tuviera un juicio justo, ahora mismo estuviera siendo linchada por los suyos… - no pudo proseguir porque Agatha la interrumpió.

- ¡Cállate! Miente, Savitar, es una mocosa engreída que solo quiere usurparme – se defendió la mujer, pareciendo la existencia más indefensa del mundo. Era una arpía manipuladora.

- Mmmm – soltó Savitar mientras se masajeaba la sien, parecía molesto pero aun así era un hombre muy apuesto - ¡Detesto que me mientan! Jamás entenderé porque lo hacen ¿Son imbéciles o simplemente retrasados? Soy la suma de todo lo que fue y un día volverá a ser. Yo hago orden del caos y caos del orden; lo sé todo y aún así se atreven a mentirme… - hizo un pequeño silencio en el que Alice sintió que su almuerzo le subía hasta la garganta mientras veía como en Agatha se formaba una sonrisita.

- Hazla pagar por su atrevimiento Savi… – trato de decir Agatha pero antes de terminar de hablar salió disparada por medio de la sala hasta chocar contra la pared más cercana.

- Cállate ya, mujer. Me das dolor de cabeza, sinceramente siempre me lo has dado. Las quejas sobre ti son muchas, pero sin ninguna prueba hasta ahora que tu manada misma a decidido entregarte. Que asquerosa tu suerte – dijo levantando su mano como si fuese a asesinarla ahí mismo.

- ¡No! Por favor… - interrumpió Alice, quien no deseaba que la anciana muriera, solo que pagara por sus crímenes – Es vieja, no haría más daño a nadie… hay… otras formas de que pague por sus délitos… - musito, aunque le desagradara Agatha, era su abuela y un ser humano.

- ¡Ja! La traes a mí por justicia, y cuando la trato de hacer me detienes ¿Qué clase de loba eres? – calló un segundo como si meditara sobre lo dicho – Aunque tienes razón, para que darle una muerte rápida si puede pasar el resto de sus días pagando por sus actos… - al finalizar Agatha desapareció del gran salón, Alice no sabía a qué se refería Savitar pero por lo menos entendió que no la mataría. De pronto los ojos lavandas del sujeto se volvieron a fijar en los suyos – ¿Contenta? – le cuestiono.

- Si, Gra…cias – susurro aunque por un segundo quiso preguntar a donde había enviado a Agatha pero se contuvo.

- Me empiezo a secar y eso realmente me irrita – dio media vuelta para salir por donde había llegado - ¡Ah! Se me olvidaba… felicidades eres el regi de tu patria, Alice Kattalakis. Ahora lárgate antes de que recuerde que tú también me mentiste… - concluyo.

Alice no espero nada más para desaparecer de ahí, y volver a su tiempo. Cuando llego a su manada se encontró con su hermano, y con su tía. La tiranía de Agatha había concluido al fin. Con el paso de las semanas todo se había vuelto realmente pacifico, nadie recordaba a la loba pelirroja. Así pasaron los años hasta que la pelidorada decidió contarle a su hermano la verdad sobre sus padres, y sobre que tenían otros hermanos pero ellos eran Kattagaris. A pesar de habérselo ocultado, Zehennem lo tomo muy bien. Fue entonces cuando decidieron buscar a aquellos que llevaban su sangre, dejando a la manada y a un lobo de buen corazón como líder de la misma…


Habilidades

Habilidad Activa

La joven loba es capaz de controlar el aire en todas las formas posibles; desde crear ráfagas de baja, mediana o gran intensidad como usarlo con energía centrífuga… haciéndolo girar, creando remolinos/tornados.
Habilidad Pasiva

Alice posee una rara habilidad, hasta dónde sabe es la única Were que puede hacer tal cosa. Se trata de poder ver a cualquier persona o animal con solo pensarlo. Funciona de una manera curiosa. Ella solo debe cerrar sus ojos, pensar en la persona y automáticamente la vera, haciendo lo que esté haciendo como si viera a través de sus ojos y a veces sintiendo lo mismo. Es algo completamente pasivo, que nadie más que ella puede sentir cuando lo utiliza.


Gustos


Arrow Las personas de ojos negros.

Arrow Las personas honestas.

Arrow El mundo moderno.

Arrow Las rosas rojas.

Arrow Los gatos.


Disgustos


Arrow Los dulces.

Arrow Las mentiras.

Arrow Los sonidos altos.

Arrow Que se metan con sus hermanos.


Extras

Alice está comprometida y totalmente enamorada de un Oneroi. Ella haría cualquier cosa por él, como sabe que él lo haría por ella.

Imagen 2:



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Re: Alice Kattalakis :: Regi Lyko Arcadio

Mensaje por Apollymi el Jue Dic 27, 2012 4:54 pm

*****En hora buena tu ficha ha sido aceptada ya puedes rolear libremente.
Arcadiana Lobo Regi.*****


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Razón para unirte a mi ejercito Daimon
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Soy la diosa de la destrucción. Dime honestamente que no encuentras nada excitante en la idea de un billón de personas gritando por misericordia y ayuda, donde no quede nadie a quien le importe lo que ocurra… La tierra llena de toda clase de demonios dedicados a la matanza, tortura y sacrificio. Rasgando y destrozando carne humana mientras desangran en un ebrio frenesí, impulsados por su odio hacia todo. Bebiendo sangre en una orgia de terror… ahhh la belleza de la aniquilación. No hay nada como eso.
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